Nunca seré el alma de la fiesta, ni siquiera de la mía. No voy a ser yo quien cuente el último chiste del tipo "mamá mamá, en la escuela me dicen...". No traeré la primicia "calientita". Pocas veces inicio una conversación, así me evito posibles fiascos y se los evito a posibles interlocutores. No rompo hielos ni pongo paños fríos. No seré el primero en salir corriendo si hay un terremoto en el sur –o más cerca–, ya que el papelón es más riesgoso que la catástrofe en sí. No me sé las canciones de moda ni sus pasos de baile. Jamás bailaré coreografiado –ni lo volveré a hacer, y menos en un gimnasio acompañado de mi hermana–. Me iré a vivir lejos, solo, en un cuarto piso, sin vecinos y sin timbre, ahí es casi seguro que la movida tropical no me alcanzará. Me presentarán varias veces a las mismas personas y ellas ni cuenta se darán, obtendré el increíble súper poder de la invisibilidad, que es, en suma, la tristísima capacidad de pasar desapercibido a cuanto lugar vayas. Haré del "Desaparecido" de Manú Chao mi himno, pues soy el fantasma que nunca está. Cuando me buscan nunca estoy, cuando me llaman nunca voy. Esto debido a que casi 15 años atrás, un esmerado profesor, a quien admiraba, hacía anotaciones individualizadas de sus alumnos en las alegres vacaciones útiles que dirigía. Mi curiosidad felina me llevó a buscar mi nombre y saber qué impresión tenía de mí este amauta veraniego del siglo XX. Tras muchos "deportistas", "dinámicos", "líderes", "algo flojos", "engreídos", llegué a mis apellidos, con una excitación digna de un preuniversitario buscando su nombre en la relación de ingresantes... "Apático", leí, seguido de un "él hará todo lo que le digan, así no esté de acuerdo". Años luz mediante, no sé si sigo siendo el mismo, lo único que no he querido es defraudar a este magnífico maestro humanista y visionario...
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sábado, 7 de junio de 2008
Para entender a este perfil bajo
Nunca seré el alma de la fiesta, ni siquiera de la mía. No voy a ser yo quien cuente el último chiste del tipo "mamá mamá, en la escuela me dicen...". No traeré la primicia "calientita". Pocas veces inicio una conversación, así me evito posibles fiascos y se los evito a posibles interlocutores. No rompo hielos ni pongo paños fríos. No seré el primero en salir corriendo si hay un terremoto en el sur –o más cerca–, ya que el papelón es más riesgoso que la catástrofe en sí. No me sé las canciones de moda ni sus pasos de baile. Jamás bailaré coreografiado –ni lo volveré a hacer, y menos en un gimnasio acompañado de mi hermana–. Me iré a vivir lejos, solo, en un cuarto piso, sin vecinos y sin timbre, ahí es casi seguro que la movida tropical no me alcanzará. Me presentarán varias veces a las mismas personas y ellas ni cuenta se darán, obtendré el increíble súper poder de la invisibilidad, que es, en suma, la tristísima capacidad de pasar desapercibido a cuanto lugar vayas. Haré del "Desaparecido" de Manú Chao mi himno, pues soy el fantasma que nunca está. Cuando me buscan nunca estoy, cuando me llaman nunca voy. Esto debido a que casi 15 años atrás, un esmerado profesor, a quien admiraba, hacía anotaciones individualizadas de sus alumnos en las alegres vacaciones útiles que dirigía. Mi curiosidad felina me llevó a buscar mi nombre y saber qué impresión tenía de mí este amauta veraniego del siglo XX. Tras muchos "deportistas", "dinámicos", "líderes", "algo flojos", "engreídos", llegué a mis apellidos, con una excitación digna de un preuniversitario buscando su nombre en la relación de ingresantes... "Apático", leí, seguido de un "él hará todo lo que le digan, así no esté de acuerdo". Años luz mediante, no sé si sigo siendo el mismo, lo único que no he querido es defraudar a este magnífico maestro humanista y visionario...
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